Desde mi diario · 7 min de lectura
El arte de convertir la belleza en un ritual
Una rutina es algo que repetimos. Un ritual es algo a lo que decidimos darle significado.
Pasamos gran parte de nuestros días atendiendo responsabilidades, resolviendo pendientes y cuidando de las personas que queremos. Y, sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en la manera en la que nos cuidamos a nosotras mismas.
Quizás por eso siempre me ha llamado la atención la facilidad con la que podemos asociar el cuidado personal con algo superficial o frívolo.
Es una reflexión que vuelve a mí cada vez que comparto algún fragmento de mis rutinas en redes sociales y encuentro comentarios como: «¿No tienes nada más que hacer?», «¿Es lo único a lo que dedicas tu tiempo?» o «¿Quién tiene tiempo para estas cosas?».
Y no puedo evitar preguntarme: ¿por qué dedicar unos minutos a cuidarnos puede llegar a percibirse como algo carente de importancia? Después de todo, ¿y si esos fueran los únicos diez o quince minutos del día que tengo exclusivamente para mí?
A veces hablamos del autocuidado como si necesariamente implicara disponer de horas libres o seguir rutinas interminables, cuando puede tratarse de algo tan sencillo como dedicar cinco minutos por la mañana a nuestra piel o unos minutos antes de dormir. Me resulta curioso que podamos pasar media hora desplazándonos por las redes sociales sin darnos cuenta, pero que dedicar ese mismo tiempo, o incluso menos, a cuidarnos conscientemente pueda parecer un lujo innecesario. No lo digo como una crítica, sino como una invitación a reflexionar sobre el valor que damos a nuestras pequeñas acciones cotidianas.
Siempre he disfrutado del mundo de la belleza. Me gusta descubrir productos, conocer sus ingredientes y aprender nuevas maneras de cuidar mi piel y mi cabello. Pero también he comprobado, a través de mi propia experiencia, el valor de la constancia. Mantener una rutina adecuada a mis necesidades ha marcado una diferencia en la salud y el aspecto de ambos. Esos pequeños gestos diarios no solo nos ofrecen un momento de bienestar, sino que también pueden contribuir a prevenir, cuidar y mantener a largo plazo.
Sin embargo, hay otra dimensión que he aprendido a valorar cada vez más: el tiempo que me dedico mientras lo hago. Siempre he creído que las cosas adquieren, en gran medida, el significado que decidimos darles. Y algo tan cotidiano como una rutina de cuidado personal puede convertirse en un espacio de silencio, reflexión y conexión con nosotras mismas.
Para mí, esos momentos representan una manera de decirme: «Aquí estoy. Estoy cuidando de ti. Estoy aquí para ti».
Como mujeres, muchas veces dedicamos gran parte de nuestros días a acompañar y estar presentes para los demás. Pienso en la maternidad, el trabajo, los estudios, nuestras familias y todas esas responsabilidades que asumimos. Desde que soy mamá, he aprendido a valorar todavía más estos pequeños espacios en los que puedo estar verdaderamente conmigo misma.
Por las mañanas, cuando tengo la oportunidad de detenerme unos minutos frente al espejo, intento que no sea simplemente otra actividad que completar antes de comenzar el día. A veces aprovecho para preguntarme cómo quiero sentirme, qué intención quiero establecer o qué actitud quiero llevar conmigo. Otras veces prefiero disfrutar del silencio, sin pensar en absolutamente nada.
Hay una diferencia, al menos para mí, entre hacer algo por costumbre y hacerlo con intención. Una rutina es algo que repetimos. Un ritual es algo a lo que decidimos darle significado.
Lo pienso cuando me cepillo el cabello. Desde que he comenzado a aprender más sobre el cuidado capilar, presto mayor atención a cómo lo trato, a los productos que utilizo y a la importancia de hacerlo con suavidad. Algo tan sencillo como cepillarlo lentamente, en lugar de hacerlo apresuradamente mientras pienso en otras diez cosas, puede convertirse en un pequeño momento de calma.
Y eso es lo que más me gusta de los rituales: no necesariamente tenemos que añadir nuevas actividades a nuestros días, sino transformar la manera en la que hacemos las cosas que ya forman parte de nuestra vida.
A lo largo del día, nuestro cuerpo nos acompaña de una responsabilidad a otra y muchas veces solo le prestamos atención cuando algo nos molesta o necesita ser atendido. Por eso, me gusta pensar que estos pequeños rituales son también una manera de cambiar la relación que tenemos con nosotras mismas. De tratarnos con la misma paciencia y delicadeza que tantas veces reservamos para los demás. De cuidar nuestro cuerpo no solamente por lo que queremos mejorar o prevenir, sino también por el simple hecho de que merece ser cuidado.
Y tampoco creo que necesitemos encontrar un significado profundo en todo lo que hacemos para justificar que lo disfrutamos. Podemos interesarnos por la belleza sin que nuestra apariencia defina nuestro valor, y cultivar al mismo tiempo muchas otras facetas de nuestra vida.
Por las noches, estos rituales adquieren otro significado. A veces, mientras hago mi rutina, reflexiono sobre alguna conversación, algo que me preocupó o un momento bonito del día que no me había detenido a apreciar. Otras veces, simplemente quiero desconectar, sin pensar en los pendientes de mañana ni en los mensajes que todavía no he respondido.
He aprendido que no todos los momentos de silencio tienen que ser productivos. A veces, descansar también significa permitirnos no hacer nada más.
Y creo que esto es especialmente importante en una época en la que incluso el autocuidado puede convertirse en otra exigencia: la rutina ideal de la mañana, los diez pasos de cuidado de la piel, la meditación, el ejercicio, la lectura, los podcasts, escribir en nuestro diario... Todas son prácticas que pueden aportarnos muchísimo, pero cuando sentimos que debemos cumplirlas todas para cuidarnos correctamente, quizás estamos perdiendo de vista su propósito.
A mí me encanta escribir en mi diario, por ejemplo. Hay días en los que escribo varias páginas y otros en los que no escribo absolutamente nada. Lo mismo ocurre con mis rutinas de belleza: algunas mañanas disfruto prepararme con calma y dedicarle tiempo a cada detalle; otras, simplemente me lavo el rostro, aplico mi protector solar, me recojo el cabello y continúo con mi día. Ambas versiones son igualmente válidas.
Creo que debemos aprender a adaptar nuestros rituales a la vida que tenemos y a la etapa que estamos atravesando, en lugar de intentar adaptar nuestra vida a una rutina ideal.
El autocuidado tampoco tiene que verse de una manera determinada. Para mí, muchas veces se manifiesta a través de la belleza, porque es algo que genuinamente disfruto. Para otra persona puede ser preparar un café en silencio, tomar una ducha sin prisas, leer unas páginas antes de dormir o salir a caminar sin mirar constantemente el teléfono.
Sé que hay etapas en las que incluso encontrar cinco minutos para nosotras mismas puede resultar difícil. Por eso, no creo que el autocuidado deba convertirse en otra fuente de presión o culpa. Debería ser precisamente lo contrario.
No siempre necesitamos encontrar más tiempo. A veces necesitamos aprender a estar más presentes en el tiempo que ya tenemos.
Aunque una rutina de belleza no va a resolver nuestras preocupaciones ni cambiar las circunstancias de un día difícil, sí puede ofrecernos algo valioso: un pequeño espacio de calma, de atención y de conexión con nosotras mismas. Una manera de comenzar el día con intención y terminarlo con un poco más de tranquilidad.
Porque, al final, no se trata únicamente de cómo nos vemos después de cuidarnos, sino de cómo nos sentimos durante ese proceso.
Quizás no nos una la manera en la que elegimos cuidarnos, sino lo que esos pequeños momentos representan: la decisión de reservarnos un espacio, por breve que sea, para atendernos con la misma consideración con la que atendemos a los demás.


