Diario

Desde mi diario · 5 min de lectura

El lujo de ser tú misma

Quizás por eso, cada vez más, pienso que ser realmente tú misma es el mayor lujo que tenemos a nuestro alcance, pero que no siempre nos permitimos disfrutar.

Sharon sentada al aire libre con una gabardina beige, pantalones blancos y gafas de sol.

A veces, todo empieza con algo tan cotidiano como abrir el teléfono.

Despertaste, te miraste al espejo y te sentiste segura de ti misma. Abres las redes y, después de unos minutos de scroll, empiezas a sentir, directa o indirectamente, la presión de cambiar algo de ti: cómo te vistes, cómo te ves, incluso cómo piensas. Como si para encajar tuvieras que seguir ciertas reglas que, además, cambian todo el tiempo. Y de pronto, lo que hace cinco minutos te gustaba de ti empieza a parecerte insuficiente.

Cierras el teléfono y te queda una sensación indescriptible en el estómago, una insatisfacción que no estaba ahí antes. Empiezas a preguntarte si te estás quedando atrás, si quizás estás haciendo algo mal, si deberías hacer más o menos, si eres demasiado o si no eres suficiente. Una pregunta lleva a otra, y de pronto te encuentras cuestionando cosas que nunca se te habían pasado por la cabeza.

Soy una persona curiosa. Me encanta descubrir cosas nuevas y compartir lo que me gusta. Hay algo muy bonito en encontrar inspiración en otras personas. Incluso muchas de las grandes figuras que admiramos encuentran inspiración constante en alguien más, en el arte o en la belleza que nos rodea: películas, literatura y tantas cosas que vemos y consumimos. Y para eso también están los medios, para acercarnos a esas fuentes de inspiración.

Pero a veces hay una línea muy sutil entre encontrar inspiración y entretenimiento en lo que consumimos y empezar a compararnos con eso. ¿En qué momento algo que disfrutamos comienza a hacernos sentir menos? Poco a poco, podemos pasar de descubrir lo que nos gusta a cuestionar si nuestra manera de vernos, de pensar o de vivir es suficiente. Y sin darnos cuenta viendo la "realidad" extremadamente curada y modificada de alguien en una pantalla, puede empezar a medir nuestro propio valor y satisfacción.

Me pregunto también qué pasa cuando sentimos que tenemos que seguirle el paso constante a los trends y a todo lo que consumimos para sentirnos parte de algo. Y esto va más allá de la moda: puede ser una forma de hablar, un artículo que todos quieren ese momento o una opinión que parece que todos comparten. Como si compartir los mismos gustos, lucir igual, hablar igual y hasta pensar igual nos diera esa sensación de pertenecer a un grupo. Pero ¿qué pasa cuando esa pertenencia viene con la presión de seguir siendo como los demás? Como si, en el momento en que eliges algo diferente, ya no hubiera espacio para ti en ese mismo grupo.

Quizás compras el artículo del momento porque te encanta, pero dos semanas después parece que ya quedó atrás. Y aunque a ti te pueda seguir gustando, no te produce la misma sensación ni el mismo golpe de dopamina. Y después de poco tiempo, cuando la ola se va alejando hacia el siguiente producto del momento, empiezas a preguntarte si todavía deberías usarlo.

Parece que todos van un paso adelante. Ya conocen el próximo trend, tienen el artículo “hot” del momento, encontraron la estética que ahora queremos intentar. Y cada vez que tratamos de seguir el trote, aparece algo más nuevo, más sofisticado o más viral. Apenas hemos disfrutado de algo y ya parece que hay que reemplazarlo.

Entonces llega esa necesidad de hacer un “rebrand”, de encontrar una estética que nos defina, aunque quizás unas semanas después queramos otra. Probamos algo convencidas de que nos va a encantar y, cuando finalmente lo tenemos, pensamos: “Jum, quizás esto no era tan bueno como decían. ¿O seré yo?”.

Y esa última pregunta me llama la atención. Lo rápido que podemos dudar de nuestro propio gusto cuando algo que parece encantarle a todo el mundo no nos hace sentir lo mismo.

Entre tantas formas de vestir, de hablar, de pensar y de ser, a veces cuesta escuchar lo que a una le sale natural. Podemos dedicar tanto tiempo a descubrir lo que les gusta a los demás que dejamos poco espacio para descubrir lo nuestro.

¿Realmente me gusta ese peluche gigante que se cuelga en la cartera, o me gusta la sensación de no quedarme fuera de la ola?

Y puede ser que sí, que me encanta el peluche. Pero quiero poder hacerme la pregunta y contestar con honestidad. Saber cuándo algo me gusta porque va conmigo y cuándo lo estoy eligiendo por esa sensación de que, si no lo tengo, me estoy perdiendo de algo.

Creo que conocernos a profundidad también tiene que ver con eso. Prestar atención a nuestras elecciones, incluso a las más pequeñas. Darnos permiso de probar algo y decir “esto no es para mí”, aunque a los demás les encante. O seguir disfrutando de algo mucho después de que haya dejado de estar de moda.

Hay una libertad enorme en poder apreciar lo que otra persona tiene o cómo se ve sin sentir que necesitas lo mismo para ser igual de interesante o especial. Poco a poco, la comparación deja de estar detrás de cada elección.

En un mundo donde con un clic podemos acceder a tanto de lo que vemos, me pregunto si parte de lo que hace que algo se sienta lujoso es lo difícil que resulta encontrarlo.

Y cada vez me llama más la atención una persona que se siente cómoda siendo ella misma. Que tiene sus propios gustos, sus propias opiniones, y no siente la presión constante, ni necesidad de querer pertenecer en el tema del momento. Alguien que te sorprende porque hay algo suyo en lo que elige y en lo que comparte.

Ser tú misma está a tu alcance, pero entre tantas referencias y opiniones, a veces requiere más atención de la que imaginamos. Conocerte, confiar en tu criterio y dejar que eso se refleje en tu vida.

Quizás por eso, cada vez más, pienso que ser realmente tú misma es el mayor lujo que tenemos a nuestro alcance, pero que no siempre nos permitimos disfrutar.

Con amor, xx
Sharon

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