Desde mi diario · 7 min de lectura
A la niña que fuimos, y a la mujer que estamos aprendiendo a ser
Una carta para mi hija, y para todas las niñas que alguna vez fuimos.
Ayer mi hija cumplió seis años.
Y mientras pensaba en las palabras que quería dedicarle por su cumpleaños, me encontré reflexionando sobre todas esas cosas que deseo que sepa mientras crece. No solamente lo que quiero enseñarle, sino aquello que espero que nunca llegue a cuestionar de sí misma.
Pensé en la niña que es hoy, en la mujer en la que algún día se convertirá y, casi sin darme cuenta, terminé pensando también en la niña que fui yo.
Porque hay palabras que escribimos para nuestros hijos que, de alguna manera, también estamos escribiendo para nosotras mismas. Palabras que quizás necesitábamos escuchar cuando éramos pequeñas, cuando todavía estábamos intentando comprender quiénes éramos y cuál era nuestro lugar en el mundo.
Y así, lo que comenzó como una carta de cumpleaños para mi hija terminó convirtiéndose en una carta abierta a todas esas niñas que alguna vez fuimos y que, de alguna manera, todavía viven dentro de nosotras.
Si hay algo que deseo para ti, mi cielo azul, es que crezcas sabiendo que puedes tener un corazón sensible y, al mismo tiempo, una fortaleza inmensa.
Que nunca confundas la dulzura con la debilidad. Que comprendas que ser amable no significa permitir que otros decidan por ti, y que ser fuerte no implica endurecer tu corazón. Ojalá nunca sientas que tienes que elegir entre ambas cosas, porque puedes ser muchas cosas al mismo tiempo.
Deseo que cuando te mires al espejo reconozcas tu propia belleza. No la que otros esperan encontrar en ti, ni aquella que intenta ajustarse a los cánones que alguien más decidió establecer, sino la que existe en todo lo que eres.
Y no hablo solamente de lo que ves reflejado.
Hablo de tu manera de pensar, de tu curiosidad, de tus contradicciones, de tu sensibilidad, de todo aquello que te hace distinta. Ojalá aprendas a mirarte con tus propios ojos antes de permitir que la mirada de los demás determine cómo te ves a ti misma.
Porque sé que, a medida que crecemos, el mundo comienza a ofrecernos definiciones de lo que deberíamos ser. Nos dice cómo debe comportarse una niña, cómo debería verse una mujer, qué cualidades debemos cultivar y cuáles sería preferible disimular.
Y sin darnos cuenta, podemos pasar años intentando encajar en lugares que nunca fueron pensados para contener todo lo que somos.
Por eso deseo que nunca sientas la obligación de permanecer dentro de una sola definición. Que puedas ser sensible y decidida, soñadora y práctica, tranquila y apasionada. Que puedas cambiar de opinión, descubrir nuevos intereses y convertirte en alguien diferente de quien imaginabas ser.
Que no permitas que nadie te convenza de que debes elegir una sola versión de ti misma para ser comprendida.
Y si algún día descubres que has crecido más allá de un lugar en el que antes te sentías cómoda, espero que tengas la valentía de salir de él. No porque aquello que fuiste haya dejado de tener valor, sino porque crecer también significa permitirnos cambiar.
Deseo que nunca tengas que hacerte pequeña para sentirte querida.
Que nunca sientas que tus sueños son demasiado grandes, tus emociones demasiado intensas o tu risa demasiado alta. Que no aprendas a medir tus palabras, tus ilusiones o tu entusiasmo únicamente en función de cuánto espacio están dispuestos los demás a concederte.
Y mientras escribo esto, pienso en cuántas mujeres hemos aprendido, en algún momento de nuestras vidas, a hacer precisamente lo contrario.
A suavizar nuestras opiniones para no incomodar. A restarle importancia a nuestros logros para no parecer presumidas. A guardar silencio cuando queríamos hablar. A intentar ser aquello que se esperaba de nosotras, incluso cuando eso significaba alejarnos un poco de quienes realmente éramos.
Quizás por eso me conmueve tanto escribirte estas palabras. Porque también me recuerdan que nunca es demasiado tarde para cuestionar las ideas que hemos aceptado sobre nosotras mismas.
Que podemos aprender a hablarnos con mayor amabilidad. Que podemos dejar de pedir disculpas por ocupar espacio. Que podemos reconocer nuestra propia belleza sin esperar a que alguien más nos la confirme.
También quiero que sepas que la vida no siempre será sencilla.
Habrá días de mucho viento. Días en los que las cosas no salgan como esperabas, en los que alguien te decepcione o en los que tú misma dudes de tus decisiones.
Y aunque mi deseo como mamá sería poder protegerte de todas las dificultades, sé que parte de crecer consiste en aprender a atravesarlas.
Por eso, más que desearte una vida sin tormentas, deseo que nunca olvides lo profundas que son tus raíces.
Que sepas de dónde vienes, que recuerdes cuánto amor te ha rodeado desde el primer día y que, incluso cuando el mundo parezca moverse demasiado rápido, puedas encontrar dentro de ti un lugar al que regresar.
Ojalá conserves también esa curiosidad con la que hoy miras la vida. Esa capacidad de sorprenderte por las cosas más sencillas, de hacer preguntas sin miedo y de encontrar alegría donde los adultos, muchas veces, hemos dejado de buscarla.
Te prometo intentar mirar siempre la vida a través de tus ojos. No porque crea que podré comprenderlo todo, sino porque quiero recordar que tu manera de descubrir el mundo también tiene mucho que enseñarme.
Y mientras creces, quiero que tengas una certeza: mamá y papá estaremos aquí para ti. Para acompañarte, escucharte y recordarte cuánto te amamos, incluso en aquellos momentos en los que no encontremos las palabras perfectas.
Sé que no podré evitar que alguna vez dudes de ti misma. Tampoco podré impedir que el mundo intente decirte quién deberías ser. Pero espero que las palabras que escuches en casa se conviertan en una voz que puedas llevar contigo, incluso cuando ya no estemos a tu lado para repetírtelas.
Y quizás eso sea lo que hoy quisiera decirle también a la niña que alguna vez fui.
Que no tenía que ser menos sensible para ser fuerte. Que no necesitaba convertirse en alguien diferente para merecer amor. Que sus sueños, sus emociones y su manera de ver el mundo no eran demasiado.
Que podía crecer, cambiar, equivocarse y volver a empezar sin perder por ello su valor.
Pienso que, de alguna manera, todas llevamos dentro a esa niña que alguna vez intentó comprender qué debía hacer para ser aceptada. Y aunque los años pasen y nuestras vidas cambien, quizás todavía existan partes de nosotras que necesiten escuchar esas palabras.
Por eso, hoy, mientras celebro los seis años de mi hija, también quiero hacer una invitación a quien esté leyendo esta carta: piensa por un momento en la niña que fuiste.
¿Qué le dirías hoy, con todo lo que has vivido y aprendido?
Quizás no podamos cambiar las palabras que escuchamos entonces, pero sí podemos elegir las que nos decimos ahora. Y también las que decidimos transmitir a quienes vienen después de nosotras.
Mi cielo azul, todavía tienes tanto por descubrir, y yo tengo tanto por aprender acompañándote.
Y que, cuando algún día vuelvas a leer estas palabras, recuerdes que nunca tuviste que convertirte en alguien más para merecer todo el amor que siempre ha sido tuyo.
Feliz cumpleaños, mi amor.
Qué privilegio tan grande es ser tu mamá.


