Diario

Libros · 5 min de lectura

Lo que aprendí del amor leyendo El amante japonés

Cerré el libro pensando que quizás hay más amor en nuestra vida del que reconocemos, porque no siempre llega con la forma que aprendimos a esperar.

Un ejemplar de El amante japonés, de Isabel Allende, sobre el regazo junto a un bolso blanco.

Me viene una sonrisa cuando pienso en El amante japonés. Tenía muchísima ilusión de comenzar a leer a Isabel Allende y, aunque pensaba que La casa de los espíritus sería mi punto de partida, me encontré con este libro y sentí que tenía que comenzar por aquí. Disfruté muchísimo el tiempo que me acompañó. Pero, sobre todo, me quedé pensando en las distintas formas en las que podemos amar a alguien.

En el amor que nos despierta la pasión, en el que nos hace sentir acompañadas, en el que nos permite volver a confiar. Y en ese amor que, incluso con el paso del tiempo, sigue teniendo un lugar en nosotros.

Una de las ideas que más se quedó conmigo fue que no todas las almas gemelas tienen que ser amores pasionales.

La relación entre Alma y Nathaniel me hizo pensar mucho en eso. Sin contar demasiado de su historia, me pareció precioso descubrir el cuidado que existía entre ellos, esa manera de acompañarse y protegerse. Me recordó que hay amores profundísimos que pueden existir en una amistad, en la familia o en alguien que llega a nuestra vida para acompañarnos de una manera diferente.

A veces hablamos tanto de encontrar al amor de nuestra vida que me pregunto cuántas personas que ya están en ella nos hacen sentir queridas de formas que damos por sentadas. Alguien que te conoce bien, que se preocupa por ti, con quien puedes sentirte segura. ¿Cuánto espacio les damos a esos amores cuando pensamos en nuestra propia historia?

Con Alma e Ichimei me quedé pensando en otra cosa: el amor que trasciende el tiempo. Cambiamos tanto a lo largo de nuestra vida que me conmueve imaginar un sentimiento que pueda acompañarnos en distintas versiones de quienes somos. ¿Cómo cambia nuestra manera de amar con los años? ¿Qué permanece de lo que sentimos cuando nosotros ya somos diferentes?

Su vínculo me hizo pensar un poco en la leyenda del hilo rojo: la idea de que un hilo invisible une a dos personas destinadas a encontrarse. Puede estirarse o enredarse, pero nunca romperse, sin importar el tiempo o la distancia. Me gusta esa imagen para pensar en una conexión con alguien que sigue teniendo un lugar en ti, incluso cuando sus vidas toman caminos diferentes.

También me gusta que haya espacio para el deseo, para la pasión y para lo que descubrimos de nosotras mismas en la intimidad, incluso cuando creemos que ya nos conocemos.

Y de ahí me nace otra pregunta: ¿podemos querer tanto a alguien como para desear que esté bien, incluso si no es con nosotros?

Me conmueve esa forma de entender el amor, aunque imagino lo difícil que puede ser. Querer a alguien también implica reconocer que tiene una vida propia, con deseos y decisiones que quizás no coincidan con los nuestros. Hay algo muy generoso en poder sentir: te amo tanto que espero que estés bien, aunque tu felicidad no tome la forma que yo había imaginado.

Esta es una de las reflexiones que me llevo de la lectura. Me gusta cuando una novela me deja reflexionando sobre la vida real y, en este caso, sobre el amor. Sobre cómo amo yo, qué espero del amor y cuánto espacio le doy para existir de una manera distinta a la que había imaginado.

Irina, por otro lado, me llevó al tema de la confianza. Fue un personaje que inicialmente juzgué. No tenía demasiada fe en ella, pero a medida que conocía su historia fui entendiéndola y queriéndola más.

Esa experiencia también me hizo mirarme un poco a mí misma. Qué rápido podemos formarnos una opinión de alguien sin conocer lo que ha vivido. A veces vemos una distancia que no entendemos, una reacción que nos incomoda, y creemos que eso nos dice todo sobre una persona.

Me gustó verla abrirse poco a poco al amor. Me hizo pensar en cuánto valor puede requerir permitir que alguien se acerque cuando confiar ya no te resulta natural. Y en lo importante que es la paciencia: entender que cada persona llega a una relación con una historia que no siempre sabe cómo contar.

Pero para mí, indiscutiblemente, el personaje estrella fue Alma. Me gustó conocer a una mujer con tantos años vividos y sentir curiosidad por todo lo que todavía guardaba dentro. A veces hablamos del amor como si sus grandes descubrimientos pertenecieran a la juventud. Esta novela me hizo pensar en todo lo que seguimos siendo capaces de sentir después, cuando ya hemos vivido, perdido, aprendido y cambiado tantas veces.

Conozco bastante la voz de Isabel por sus entrevistas y discursos, así que muchas veces sentía que podía escucharla mientras leía. Incluso había frases que me hacían reír imaginándolas dichas por ella.

También disfruté cómo mezcla la ficción con acontecimientos históricos. A través de Ichimei y su familia descubrí una parte de la historia de los japoneses en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial que conocía muy poco. Me gusta esa capacidad de entretenerte mientras, casi sin darte cuenta, estás aprendiendo.

Pero lo que más me llevo son estas preguntas sobre el amor. Sobre las personas que nos acompañan, las que nos despiertan algo que no conocíamos y las que nos enseñan a confiar otra vez. Sobre nuestra capacidad de seguir queriendo mientras la vida cambia.

Cerré el libro pensando que quizás hay más amor en nuestra vida del que reconocemos, porque no siempre llega con la forma que aprendimos a esperar.

Fue mi primera novela de Isabel Allende y definitivamente no será la última.

Con amor, xx
Sharon

LA SELECCIÓN, EN TU CORREO

Cosas buenas, en tu bandeja de entrada.

Historias, hallazgos y pequeños descubrimientos, unas pocas veces al mes.

Vista previa del producto

Ver todos los detalles